ADOLESCENCIA DIVINO TESORO


MI HIJO ADOLESCENTE NO ME HABLA….

De pequeño era un cielo, siempre lo tenía pegado a mi, y ahora casi ni me mira…” “es que a veces parece que le estorbamos”.

A muchos padres y madres seguro que les suenan estas palabras.

La adolescencia es una etapa difícil, y para los padres y madres supone muchas veces todo un cuestionamiento de sus propios valores, de su estructura personal y familiar… en definitiva, un cambio. Aun así, es una de las etapas más necesarias para nuestro afianzamiento como personas, y no olvidemos que nosotros mismos pasamos, necesariamente, por ella.

LA ADOLESCENCIA, UNA BREVE EXPLICACIÓN.

La OMS define la adolescencia como el periodo de crecimiento y desarrollo humano que se produce después de la niñez y antes de la edad adulta, entre los 10 y los 19 años. El comienzo de la pubertad marca el paso de la niñez a la adolescencia.

Se trata de una de las etapas más importantes del ser humano, durante la cual se producen experiencias de desarrollo de suma importancia. Más allá de la maduración física y sexual, es en esta etapa donde el ser humano inicia la transición hacia la independencia social y económica, el desarrollo de la identidad, la adquisición de las aptitudes necesarias para establecer relaciones adultas y asumir funciones adultas. Es en la adolescencia también cuando se adquiere la capacidad de razonamiento abstracto.

Aun con esto, también es una etapa de extrema fragilidad, de riesgo. El adolescente ya no es un niño, pero tampoco es un adulto. Muchos de ellos aun no son capaces de entender conceptos complejos, ni de entender la relación entre una conducta y sus consecuencias, o percibir el grado de control que tiene sobre su propia salud, por ejemplo a la hora de mantener relaciones sexuales.

Antiguamente era la misma Sociedad quien, “regulaba” en cierta medida, el paso de la edad adulta, muchas veces “a pesar” de la adolescencia. Los ninos pasaban directamente a formar parte del mundo adulto en cuanto se incorporaban al Trabajo (las más de las veces demasiado pronto)

Actualmente, La falta de referentes supone un “doble sesgo” para padres y madres que además, en ocasiones, sin haber tenido demasiado tiempo de conocer a sus “niños” ( el mundo del trabajo también ha afectado al sistema familiar), se encuentran de repente a un “semi-adulto” que les desafía.

En mi experiencia clínica he conocido casos, que por no ser habituales no dejan de darse con bastante frecuencia, en los que niños de 14, 15 o 16 años agredían a sus padres.

Analizando estos casos pude ver que se trataba de padres que durante la infancia, y por diferentes motivos, habían estado ausentes en la vida de sus hijos. Las más de las veces estos adultos trataban de sobre compensar sus “faltas” mediante regalos, promesas, que escondían una falta de normas y reglas en casa que creaban en el niño la falsa convicción de que “todo valía”. Al llegar a la adolescencia, estos niños experimentaban con la adultez situándose al mismo nivel que los padres, los que a su vez hacían exactamente lo mismo. Los gritos y las peleas, así como la falta de respeto estaban aseguradas.

Por otro lado, muchas veces estos padres describían la relación con sus hijos como una relación “de amistad”. Se habían confundido completamente los roles, y sólo un reajuste de la situación permitía a la familia volver a una relativa normalidad. En ocasiones hacía falta incluso un alejamiento temporal del menor para poder trabajar la relación.

¡PERO NO NOS ALARMEMOS!. ¡HAY SOLUCIÓN!

¡ANTE TODO…CALMA!

No nos precipitemos. Muchas veces las dudas hacia esos pequeños seres, a los que nos cuesta reconocer como nuestros hijos, junto con nuestro deseo de protegerlos, hace que tomemos iniciativas poco adecuadas, y que harán que se alejen aun más de nosotros o, aun peor, que pasen por fases poco recomendables

ALGUNAS DUDAS

  • “se estará drogando”: El consumo de algún tipo de tóxico es bastante habitual durante la adolescencia. Muchas veces tan solo se trata de un desafío, una prueba puntual, un “rito iniciático” ante el grupo de amigos (que recordemos…pasa a ser lo más importante para ellos en este momento), y ¡ahí se queda! Simplemente en una cosa puntual sin más importancia.

La persecución parental, en estos casos, tan solo consigue el efecto opuesto, es decir, el alejamiento por parte de ellos y, en algunas ocasiones, les supone un desafío, la posibilidad para ellos de retarnos, de probar nuestro aguante. No olvidemos que se trata de una etapa en la que los sentimientos, las dudas sobre nuestra propia capacidad de amarlos, están muy presentes en ellos, con lo que este pensamiento “¿y si soy un drogadicto que? ¿Seguirá queriéndome?” aparecerá en su mente, aunque sea de forma inconsciente.

  • “ ha dejado de querernos”: En absoluto tiene que ser así. A menudo proyectamos en ellos dudas sobre nuestra propia capacidad para sostenerlos. Sí, es difícil aguantar sus desaires, sus desafíos, pero no olvidemos que igual que nosotros continuamos queriéndolos, a ellos les pasa lo mismo. ¡No los agobiemos!, necesitan tiempo, espacio para poder separarse del nido y emprender la adultez.
  • EL CASO OPUESTO: “es que yo y mi hija/hijo somos amigos”: Me horrorizo cada vez que oigo a un adulto pronunciar esta frase. Y no es para menos.

La falta de referentes que se está dando en nuestra sociedad hace que a menudo, como he comentado anteriormente, los roles se confundan, y que acabemos comportándonos como niños ante unos hijos que nos necesitan como referente adulto. Nosotros seguimos siendo un ejemplo para ellos, no nos confundamos. Su concepto futuro de familia se gestará sobre la base de lo que ha recibido en casa. Un adolescente no necesita de nosotros a un amigo, para eso ya tiene los suyos. Necesita a una persona adulta que siga guiándolo, protegiéndolo.

No nos olvidemos, aunque ellos pretendan ser “mayores” aún no lo son del todo, continúan siendo niños en trance de convertirse en adultos, y necesitan este espacio de transición libre de nuestras “neuras”.

Actuando como “amigos” tan solo los estamos confundiendo, así que NO OS LO RECOMIENDO PARA NADA.

  • “prefiero que el sexo lo practique en casa que por ahí”. Otro ejemplo de como nuestros propios miedos pueden provocar confusión en nuestros hijos. El todo vale no es una actitud recomendable, ya que estamos creándoles la “necesidad” de descubrir algo cuando quizá aun no están preparados para ello. Cada persona madura de forma diferente, e invitaciones de este tipo pueden ser vividas por el adolescente como una intrusión a su intimidad.

El descubrimiento de la sexualidad requiere un silencio, una reflexión e introspección que puede verse vulnerada por el adulto ante este tipo de manifestaciones que nosotros seguramente hacemos desde el amor y la necesidad de protegerlos.

 Nosotros podemos educarlos en seguridad, darles apoyo si ellos nos lo piden, pero no anunciarles a los 4 vientos que a partir de los 16 pueden traerse a su pareja a casa.

UNA ÚLTIMA RECOMENDACIÓN

Los grupos de padres, siempre que estén bien conducidos por un profesional, resultan de gran ayuda ante estas dudas y miedos. El grupo mismo, mediante mecanismos de empatía y comprensión, actúa como apoyo emocional, y ofrece a sus miembros la posibilidad de expresar sus dificultades en un entorno seguro.

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